Las 3 Gemas, Segunda Parte

Luego de la primer parte, en la que a los buenos les dieron para que tengan, se viene la segunda, en la que los buenos insisten (y seguro van a recibir como para que archiven)

19 agosto, 2005

El regreso de un amigo

Pyro y Maktub esbozaron una sonrisa. El maligno ser por fin había caído. La alegría no duró mucho tiempo. El cadáver del líder del grupo se encontraba frente a ellos. La armadura destrozada dejaba ver las entrañas de Artemius entre los agujeros.

-Maldición, esto nos ha costado caro. Deberíamos habernos ido, el maldito estaba dispuesto a dejarnos ir –atinó a decir Pyro.

-Lo sé, pero era más que obvio que Artemius sería incapaz de alejarse de la vil criatura sin siquiera intentar destruirla. Su apego a sus principios lo ha destruido –agregó Maktub.

Thartnor se daba cuenta de que sus hechizos curativos no servirían de mucho.

-Clangeddin no me ha concedido todavía el poder de traer a los muertos a la vida nuevamente, debemos buscar a alguien que lo resucite. Es claro que dependemos de su liderazgo. (N.d.A.: jajajajajajajaaj dependemos de su que?)

Cargaron los restos de Artemius y se dispusieron a continuar su búsqueda de la ciudad enana, con la esperanza de encontrar un clérigo aún más experimentado que su compañero. Ante la idea de que la habitación con estatuas podría ser la clave para llegar a Mithril Hall, decidieron ir a ver si podían lograr algo. Luego de muchos intentos frustrados, por alguna razón llegaron a la conclusión de que ese no era realmente el camino.

Continuaron vagando por la caverna, ya no con el entusiasmo que alguna vez los llevó a entrar, sino con la angustia de cargar el cuerpo inerte de su líder, con un odio hacia el destino que nunca antes habían sospechado podrían haber llegado a sentir (aunque luego descubrirían que no sería la primera vez que el destino les jugara una mala pasada). Luego de unas cuantas vueltas, llegaron a un puente de piedra. Al cruzarlo se encontraron en una gran caverna. Una gigantesca puerta de piedra se erguía frente a ellos. Era más que evidente que no podrían moverla. Una gruesa voz, entendible solo para Thartnor, resonó entre las rocas. Luego de un intercambio verbal incomprensible, unos enanos sorprendieron a los aventureros y les solicitaron que bajaran sus armas.

La puerta se abrió, y fueron conducidos hacia un puesto de guardia, donde fueron recibidos por el que parecía ser el jefe de guardia. La presencia de un elfo y un extraño humanide de cabellos fulgurantes en el grupo no ayudó a la diplomacia, siendo los enanos tan desconfiados. Por otro lado, desde el punto de vista de los enanos, estos aventureros no eran más que intrusos en su tierra.

Thartnor se encargó de explicar la situación, las intenciones del grupo y se hizo responsable de los actos de los integrantes mientras estuvieran en el reino enano. Esto generó una cierta confianza, y el grupo recibió permiso para adentrarse en el Mithril Hall.

El lugar era impresionante, una ciudad entera cavada en la roca. Varios pisos, como plateas, se observaban sobre las paredes de la monstruosa cueva. Gigantescos puentes y escaleras comunicaban los diferentes niveles. Había una gran actividad: se veían enanos ir y venir por todos lados, algún que otro gnomo se mezclaba entre ellos, la montaña estaba viva por dentro.

La situación era bastante incómoda, eran observados mientras caminaban por las calles del lugar. Las caras de los habitantes dejaban ver desconfianza y algo de desprecio. El grupo no se sentía del todo en su lugar.

El enano, por otrl lado, estaba totalmente familiarizado con el ambiente. Él sería quien se encargaría de guiar a sus compañeros en este (para ellos) extraño lugar. En seguida consiguió una posada, donde podrían planear sus próximos movimientos. Maktub decidió que no saldría de la habitación. Aparentemente se sentía demasiado incómodo, y no era para menos. El resto decidió ir a un templo para ver si podían hacer algo por su amigo caído en combate.

Llegaron a un templo de Moradin, donde fueron recibidos por un amable clérigo enano.

-Buenas Tardes –saludó el clérigo- ¿Qué los trae por el templo del gran Moradin?

-Buenas Tardes. Tenemos un amigo que ha caído en la batalla. Necesitamos que sea revivido. Nos preguntábamos si prestan ese servicio en este lugar. –Respondió Thartnor, yendo al grano.

-Bien, el precio por la resurrección es de 7000 monedas de oro, y es necesario que además hagan una ofrenda al templo.

-¿De que clase de ofrenda estamos hablando?

-Estamos cortos de ciertos componentes para nuestros hechizos… una ofrenda podría ser alguno de estos componentes. Lo que más nos hace falta en este momento son un par de escamas de dragón.

-Muy bien, ¿podemos pagar las monedas de oro y entregar la ofrenda luego de que nuestro amigo sea revivido? Ya que notará que necesitaremos de su ayuda para obtener las escamas

-Por supuesto, tengo su palabra de enano de que volverán con las escamas.

Acto seguido, el cuerpo inerte de Artemius fue llevado a una sala, de donde previeron palabras desconocidas para todos, casi como en un canto. Momentos más tarde, el Paladín asomaba por una puerta. Se veía más débil, pero conservaba su peculiar sentido del humor.

Luego de una emotiva puesta al día sobre los últimos sucesos, el grupo estaba unido de nuevo (salvo Maktub, que seguía en la posada), listos para comenzar las averiguaciones que los traían por allí.

Cuando se disponían a salir del templo, un grupo de soldados enanos se hizo presente. Les informaron a los aventureros que el rey Üdder los estaba esperando.
Pasaron por la posada a buscar al elfo, que se encontraba bajo un hechizo de invisibilidad para su protección. Esto generó una cierta desconfianza en los soldados, pero la diplomacia del grupo evitó que la situación pasara a mayores. Fueron llevados hasta el rey.

Fueron recibidos por el rey, quien inquirió sobre sus asuntos en sus tierras. El grupo, luego de presentarse, explicó brevemente los hechos recientes, sus sospechas y sus intenciones de hacer algo al respecto. Üdder admitió no estar muy enterado, pero prometió ponerse al tanto y ayudar en lo que podía. Con respecto al amigo de Thartnor, nadie sabía de él, era un misterio que había sucedido con este personaje.

Luego de un descanso, se prepararon para continuar su viaje.

Pyro le devolvió al mago enanao las piedras supuestamente explosivas que había recogido en el laberinto.

Thartnor fue a visitar al viejo amigo de la familia, que vivía en este lugar. El enano estaba muy enfermo. Luego de una emotiva charla, le regaló un recuerdo que tenía del padre de Thartnor: un Hacha de la Gran Brecha. El hacha estaba rota y debía ser forjada de nuevo, y el único que podría hacer esto era el ermitaño. De más está decir que esto se transformó en prioridad para el grupo.

Artemius hizo arreglar su armadura, que se encontraba en pésimas condiciones luego de haber sido atravesada por las garras del Slaad.

Comenzaron el viaje hacia el Bosque de la Luna. Obviamente, el viaje no fue del todo relajado. Un grupo de seguidores de Cyric acechaba, esperando la oportunidad para atacar. Era evidente que su objetivo era el Paladín.

Un clérigo sobre un desnivel, dos guerreros a caballo por el costado y otro más pequeño, que se mantuvo inicialmente alejado, sorprendieron a los aventureros. El clérigo comenzó un ataque mágico. Pyro reaccionó, y mientras las palabras “Incendiaries globos” resonaban en el aire, una pequeña esfera brillante se desprendió de sus manos. Ante el impacto contra el clérigo, la minúscula bola de energía estalló provocando la calcinación del enviado de Cyric, que para colmo cayó desde el desnivel rompiéndose todos los huesos. Mientras tanto Thartnor había desarmado a uno de los guerreros a caballo, Maktub hacía llover fuego sobre los enemigos y Artemius descargaba la furia de su acero sobre el mas pequeño, que había entrado en combate invisible. En un golpe de desgracia, a Thartnor se le escapó su hacha de entre sus manos. No tuvo mucho problema en agarrar el arma de su enemigo, que yacía en el piso, para terminar con su vida.

Luego del pequeño altercado, los aventureros continuaron su viaje. Estaban seguros de que ya no serían molestados hasta llegar a su destino, era obvio que cualquier otro grupo similar al reciente lo pensaría dos veces antes de enfrentarlos.